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Entrevista a Paco Cerdà, autor de 'Los últimos': «Nos dicen que España se rompe por no sé qué estatuto, cuando realmente está fracturada por el trece por ciento de su territorio»

15/02/2017 Área: Eventos y Publicaciones Fuente: El Mundo

  • Los últimos. Voces de la Laponia española, de Paco Cerdà, es el penúltimo gran libro sobre el abandono del interior de la Península.
  • Escucha aquí la entrevista a Paco Cerdà en La Ventana: http://bit.ly/2l71ZCT

Artículo de Raúl Conde, publicado en El Mundo.

Delibes fue el precursor no sólo de la marginación de Castilla, sino del modelo de desarrollo sostenible al que ahora se aferran todos los discursos políticos. El autor de Viejas historias de Castilla la Vieja defendió que «el pueblo necesita mayor confort: caminos, agua, buena tierra y posibilidades deportivas». En cambio, rezongó del progreso que «caliente el estómago pero enfría el corazón».

La frase sintetiza el estado de postración en el que yace buena parte de la superficie nacional, lastrada por la despoblación pese al confort material del que gozan ahora las comarcas rurales. Hay una España urbana y otra rural. Pero hay una tercera España altamente rural y remota que ha degenerado en un territorio roto, yermo, desvertebrado. «Esa España no nos la contaron nunca. Nos dijeron que este país se fracturaba por estatutos y cuestiones políticas, y no nos dimos cuenta que ya se ha partido en dos mitades». Es lo que opina Paco Cerdà, reportero del diario Levante, que acaba de dar el campanazo con Los últimos. Voces de la Laponia española (Pepitas de Calabaza), un libro en el que recoge medio centenar de testimonios de la Serranía Celtibérica, la comarca más extrema y con menos densidad demográfica del continente. Lo de la Laponia española es porque la Serranía Celtibérica es, junto a esta región del norte de Europa, las dos únicas del continente consideradas oficialmente «escasamente pobladas», lo que en teoría les da derecho a recibir inversiones específicas.

El libro de Cerdà va ya por su segunda edición en apenas 15 días y esto es un rara avis en la literatura de la despoblación porque no es habitual que el asunto acapare ventas en las librerías, ni portadas en los periódicos, ni minutos en los telediarios o programas de radio. El autor nació en un municipio de más un millar de habitantes y creía que era de pueblo hasta que un día cogió la grabadora y se fue a Arroyo Cerezo, una apartada aldea del interior de Valencia. Allí, explica a EL MUNDO, sintió dos sensaciones: «Que era el lugar más apartado de mi cotidianidad en el que había estado nunca, más que Pekín o cualquier sitio del extranjero; y me pareció extraño que teniendo ese territorio tan cerca de mi casa fuera completamente desconocido para mí».

Esta inquietud por la España vacía cuajó el invierno del año pasado, cuando agarró el coche y se zambulló por las 10 provincias que conforman la comarca de la Serranía Celtibérica. Eligió el invierno porque es cuando no hay veraneantes y porque es una estación como la cebolla de Miguel Hernández: escarcha, cerrada y pobre. El caso es que de aquella experiencia ha brotado un libro zurcido a modo de gran reportaje, un retablo de un paisanaje que se extingue. Con una prosa sobria pero envolvente, el periodista valenciano ha logrado captar la esencia de aquellos pobladores que resisten como los últimos de Filipinas del medio rural. «Los últimos porque hay pueblos en los que sólo quedan uno o dos habitantes, y los últimos también porque están en la cola de las prioridades políticas», puntualiza Cerdà.

La virtud del libro que ha escrito estriba no sólo en su estilo lacónico, que casa armoniosamente con la austeridad del paisaje que retrata, sino en su voluntad de reflejar la poliédrica realidad que circunda a los pequeños pueblos del interior del país.

En los pueblecitos de Moros (397 vecinos) y Bubierca (76 empadronados), ambos en Zaragoza, asimila que el caserío que pierde la escuela está abocado a su desaparición -en España sólo estudian en la escuela rural 60.000 alumnos repartidos en 2.200 localidades-. En Motos, en las estribaciones del Señorío de Molina (Guadalajara), constata que su único habitante, Matías López, es feliz con su tractor y sus labores agrícolas. En la aldea de El Collado (La Rioja) indaga en la capacidad de no resignarse de sus escasos moradores, que aguantan sin luz eléctrica. En la tierra de Silos (Burgos) comprende que, como dijo Marañón, todas las grandes obras de la humanidad se han cocido en el silencio y la reflexión. En Maderuelo (119 habitantes), al nordeste de Segovia, evoca la máxima de Thoreau: «Nuestra vida se pierde en los detalles. ¡Sencillez, sencillez, sencillez!» En Aras de los Olmos (Valencia) aprende que «esporrinear» significa despabilarse un cordero a los dos o tres días de nacer, que el «mojotero» es un entrometido y que «trapilifuego» es armar jaleo. En Campillo de Alto Buey (Cuenca) constata que donde no llega el censo, llega el fútbol de los campos de tierra. Y en Les Alberedes, un villorrio abandonado del interior de Castellón, descubre que la nostalgia de nuestros pueblos yace entre casas derruidas.

La Serranía Celtibérica es un territorio que abarca cinco comunidades autónomas y 10 provincias, desde Soria y Burgos hasta el interior de la Comunidad Valenciana pasando por los Montes Universales. Esta zona suma 1.355 municipios -la mitad tiene menos de 100 habitantes-, y el 1% de la población española, aunque ocupa el 13% de su superficie. Y sólo seis poblaciones superan las 5.000 almas: Cuenca, Soria, Teruel, Calatayud, Almazán y El Burgo de Osma. «La hemorragia no hace más que avanzar», subraya Paco Cerdà. «Primero fue por la emigración; ahora es porque se mueren los últimos habitantes que quedaron en cada rincón».

Medio millar de pueblos españoles subsisten con menos de 50 vecinos, según la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP). En 14 provincias, más del 80% de sus municipios no pasan de 1.000 empadronados. Y, según los especialistas, en 10 años desaparecerán la agricultura y la ganadería en los 631 municipios de menos de 100 habitantes. «No se ha producido un etnocidio porque no ha habido un proceso violento y forzado, pero sí se ha dejado morir a todas estas áreas. Es lo que la profesora Pilar Burillo denomina demotanasia», sostiene Cerdà.

Este proceso de desertización de la España mesetaria fue abordado por Sergio del Molino en La España vacía (Turner), uno de los ensayos que cosechó más éxito en 2016. Atraído por escarbar en sus orígenes familiares, el autor de La hora violeta acabó recuperando la tradición ensayística que mira al interior del país desde un punto de vista diletante. «La cultura rural se ha ido quedando como un fósil folclórico. Pero el fracaso cultural, la languidez, tiene un cierto atractivo», explica a este periódico. «El gran trauma llega en los 50, cuando España pasa en pocos años de ser un país agrario a otro urbano. Aún hoy siguen vaciándose pueblos».

Del Molino escudriña en su libro el paulatino proceso de vaciamiento de la España de tierra adentro. No lo hace con la precisión de un demógrafo, sino con la brillantez de quien mezcla la reflexión literaria con el periodismo que va, ve y cuenta, y todo ello trufado con un buen acopio de documentación. Su trabajo acredita que la despoblación no es un fenómeno atmosférico, sino la consecuencia de una voluntad política prolongada en el tiempo. «Creo que ya no es posible revertir la despoblación. Habría que cambiar todo el modelo de desarrollo. Además, desde el punto de vista pragmático, el Estado funciona igual con media España despoblada. Y por eso este problema está fuera de la agenda política: porque sólo afecta a quienes viven allí».

Entre las referencias que le inspiraron, Del Molino destaca la de Julio Llamazares, una coincidencia extendida entre quienes muestran interés por el páramo. Llamazares, nacido en Vegamián, un pueblo leonés anegado por el embalse del Porma -conocido después como Embalse Juan Benet porque fue construido por el ingeniero y escritor madrileño-, se consagró en La lluvia amarilla, que es «el libro de los adeptos al culto de la despoblación», tal como lo define Cerdà. La escribió en 1988 y, desde entonces, se ha convertido en la obra canónica de la sangría rural. La novela se centra en el monólogo de Andrés de Casa Sosas, un pastor que, tras la muerte de su mujer, se queda solo en Ainielle, un pueblo enclavado en el Pirineo oscense, en compañía de su perro. La lluvia amarilla sobresale por la profundidad de su soliloquio, la poética de su narración y la frondosidad del léxico empleado. En su última obra, Atlas de la España imaginaria (Nórdica), Llamazares recuperó una serie de artículos periodísticos en los que disecciona enclaves reales del interior de España instalados en nuestro imaginario colectivo: Babia, Jauja, Fuenteovejuna y Las Batuecas, entre otros.

La narración del desplome de Castilla arranca en la Generación del 98, aunque con un relato general embardunado de nacionalismo español, a excepción de la prosa machadiana. Prosigue en las correrías de Cela por la Alcarria o el Pirineo leridano, engarza con la bibliografía entera de Delibes y culmina en una serie de narradores tal vez menos conocidos pero extraordinariamente brillantes en su escritura. El soriano Avelino Hernández, autor de Donde la Vieja Castilla se acaba y de varias guías sorianas, fue un ejemplo de ello. Igual que Emilio Gancedo, autor de Palabras mayores (Pepitas de Calabaza), un extraordinario libro en el que plasma la memoria viva del medio rural a través de decenas de relatos y experiencias procedentes de todos los rincones de la geografía española. «Estas gentes hacen historia de su propia historia», advierte Gancedo.

Manu Leguineche dejó escrito en sus dietarios rurales, tanto en La felicidad de la tierra como en El club de los faltos de cariño, que huyó de la ciudad hastiado del ruido y la aceleración. De ahí que no dudara en instalarse en Brihuega, en el corazón de la Alcarria de Guadalajara, una villa a la que adjudicó el título de «capital mundial del silencio». Pero el problema del silencio es que sólo es tonificante cuando es voluntario. Azorín y Unamuno -también Ortega y Gasset- mitificaron el lienzo de una Arcadia de secano, recia y cerealista. La realidad, en cambio, resulta más prosaica. «Tierras pobres, tierras tristes, tan tristes que tienen alma», pergeñó Machado tras recorrer los recovecos sorianos. Podría añadirse también que tienen literatos que anoten su crepúsculo.

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