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Secundino Caso, presidente de REDR: «Cuando un pueblo muere, no viene nada después. Desaparece una cultura, un patrimonio y unas costumbres adheridas a él»

05/11/2018 Área: Exclusión social Fuente: El Mundo

  • Azotado por el desempleo y la despoblación, en el corazón de la geografía española late una realidad cuajada de acentos, matices y sabiduría. Entre sus demandas destaca un mejor acceso a servicios tan básicos como la salud y la educación

  • Artículo de Victoria Gallardo publicado en El Mundo

María Sánchez tiene muy presentes los largos kilómetros que su abuelo tenía que recorrer en coche desde la sierra norte de Sevilla para recibir, día sí, día no, su tratamiento de diálisis en el hospital. Tampoco pierde de vista la hora de autobús que separa a su prima pequeña del instituto en el que estudia, en esa misma sierra.

A sus 29 años, esta veterinaria cordobesa ha hecho de las 80 ganaderías repartidas por España y Portugal a las que asesora su oficina itinerante, a base de madrugones y constantes viajes en furgoneta. Una rutina que le brinda desde el retrovisor una panorámica cuajada de oficios, acentos y matices: la de nuestro medio rural. «El problema es lo mucho que se ha interiorizado la desigualdad de este escenario con respecto a las ciudades», lamenta. «Los pueblos son una vértebra esencial de nuestro país, pero no se incide en cuáles son sus problemas reales».

«La relación que España ha tenido con su ruralidad se ha planteado desde una situación un tanto traumática», expone Francisco Boya, presidente de la Asociación Española de Municipios de Montaña. «Nuestra geografía es muy diversa y hay muchas ruralidades. En España, la montaña representa el 48% del país, un porcentaje que engloba las zonas más castigadas. La gente se fue del mundo rural por culpa de la pobreza y de las dificultades, que tejían una situación muy crítica. Eso en otros países se corrigió después de la Segunda Guerra Mundial, logrando mantener ciertos equilibrios poblacionales, pero nosotros no».

EL ÚLTIMO HABITANTE

Las cifras hablan por sí solas. España es, con diferencia, el país europeo más despoblado, dado que en el 53% del territorio solo vive el 5% de la población. La sigue de lejos Portugal, con el 23%. «Ningún país presenta un porcentaje tan elevado de su territorio por debajo de 12 habitantes por kilómetro cuadrado», recalca Boya. «La despoblación es la consecuencia, no la causa de un problema que podríamos resumir en una única palabra: desigualdad», añade.

Además, en un tiempo en el que la agricultura apenas representa un 2% del PIB nacional, el desempleo es otro factor más en su contra. «Cuando un pueblo muere, no viene nada después. Desaparece una cultura, un patrimonio y unas costumbres adheridas a él. Una parte de nuestra historia deja de existir», corrobora Secundino Caso, presidente de la Red Española de Desarrollo Rural (REDR). «Además, la naturaleza ha sido modelada durante generaciones por el ser humano. Parte de ese patrimonio natural, que es de todos los españoles, también se extingue. Cuando se marcha el último habitante, se lleva con él muchísimas cosas».

Ese vínculo indisoluble que se forja entre el medio rural y aquellos que lo trabajan es, según Sánchez, parte fundamental de la identidad de quienes lo habitan. «La clave está en el sentimiento de comunidad. El campo tiene otros tiempos, otros ritmos y otras canciones. Me gusta mucho la unión, el equilibrio entre sus habitantes, sus conocimientos, sus oficios y su vocabulario. Tenemos muchísima riqueza en el territorio. Aquí es donde reside lo importante. Es otra forma de estar en el mundo».

Algo muy parecido opina Caso, que se declara apegado, desde el mismo día de su nacimiento, «a unas veredas, a unas cañadas y a un uso del territorio. Lo usamos para la ganadería y la agricultura. Es inherente a nosotros, y eso forma parte de una cultura que se transmite de generación en generación. Lo llevamos en el ADN».

En este mismo plano, Boya remite a esa conocida premisa que reza que «el paisaje muestra el alma del territorio». Sin embargo, este no es el único elemento a tener en cuenta a la hora de interpretar hoy la ruralidad. «Hay otros muchos aspectos como, por ejemplo, el cultural que nosotros tanto reivindicamos». Poniendo por delante su total respeto «hacia los movimientos ambientalistas», el presidente de esMontañas lamenta que, en ocasiones, desde las ciudades solo se mire hacia el mundo rural «con las gafas del ambientalismo». «Es como si el mundo rural fuera únicamente un reservorio de biodiversidad», comenta. «Por supuesto, queremos que sea una naturaleza plena, pero sin olvidar que en él existe la cultura, la interacción del hombre con la naturaleza. Requerimos una mirada doble: cultural y ambiental y, al mismo tiempo, el
respeto hacia esa forma de definir y habitar el territorio. Reivindicamos una nueva ruralidad para el siglo XXI, y queremos hacerlo con los movimientos ambientalistas y también con las ciudades».

Por este motivo, habla de «justicia territorial» cuando se refiere a las desigualdades que separan el escenario urbano del rural. «Sabemos que no es lo mismo vivir en el pueblo que en la ciudad, y que ambos tienen pros y contras. Lo que esperamos es que el trato sea lo más parecido posible. No podemos tener hospitales y universidades en cada pueblo, pero pedimos que, en aquellos lugares en los que no se presten esos servicios, exista una compensación para los ciudadanos».

Legislaciones específicas para las zonas de montaña, que contribuyan a hacer frente a los problemas climáticos y orográficos que dificultan su desarrollo, son una de las soluciones más mencionadas por los expertos, que también ponen el acento en puntos como las conexiones digitales que tanto pue- den contribuir a mejoras relaciona- das con el teletrabajo. «Si hace años conseguimos llevar el alumbrado público hasta la última casa del último pueblo, ¿cómo no vamos a ser capaces de hacer lo mismo con la fibra óptica?», se pregunta Caso.

FALSO ROMANTICISMO

En esta misma línea, el presidente de REDR rechaza la visión nostálgica y romántica que, a menudo, se cierne sobre la estampa rural. «Vivir en un pueblo no tiene nada de romántico. La gente de la  ciudad viene un fin de semana y entra en éxtasis, pero luego se va. Además, los veranos son muy cortos, pero los inviernos no acaban hasta mayo. Vivir con los servicios y con la calidad de vida que hay ahora es muy duro», asegura.
«Hablamos mucho del medio rural, pero no creamos un tejido en él. Si lo seguimos usando como una mera visita, sin crear lazos ni incentivar proyectos, seguirá el mismo problema», opina Sánchez.

«¿Dónde están las manos que trabajan el campo? ¿Vamos a seguir siempre en la misma postal fija? No somos un concepto homogéneo, pero esa imagen estereotipa- da la seguimos arrastrando». Con la vista puesta en el futuro, Boya hace un llamamiento a re- flexionar sobre «nuestras actitudes, tanto como ciudadanos como consumidores», ya que «tenemos el poder de buscar esos productos que responden al trabajo y a la calidad del entorno, del paisaje y de nuestro mundo rural».

LA SOLUCIÓN, EN LA TIERRA

Pequeños productores de leche, carne o queso y hortelanos son algunos de los ejemplos que enumera Sánchez para ilustrar esta misma cuestión. «Hoy que tanto nos preocupa el hecho de comer bien, el cambio climático, el bienestar animal o los sistemas de producción, tenemos la solución en nuestros pueblos», argumenta. «Podemos hacer, en estos tiempos de tanta inmediatez, el cambio que muchos están queriendo». «España no está vacía. Está llena de recursos, de territorios y de personas que quieren quedarse. Y de personas que se han ido, pero cuyos hogares siguen estando ahí».

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