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La nueva 'Laponia española' pasa por Extremadura

12/11/2018 Área: Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación Fuente: Hoy.es

Paisaje rural del norte de la comunidad autónoma, la zona de Extremadura más afectada por la despoblación./HOY

  • El segundo mayor desierto demográfico del sur de Europa recorre el límite entre España y Portugal, e integra en él a casi una cuarta parte del mapa de la región

  • Artículo de Antonio J. Armero para Hoy.es

Hace 19 días, el Parlamento Europeo publicó en su cuenta oficial de Twitter el siguiente mensaje: 'La zona con menor densidad de población de Europa se conoce como 'La Laponia mediterránea' y está en España». Esa referencia a la región finlandesa y sueca le valía al organismo comunitario para ir presentando en sociedad la jornada informativa sobre despoblación que se celebraría unos días después en Zamora, y que dio para mucho. Entre otras cosas, para conocer que a la Laponia del sur o Laponia del Mediterráneo o Laponia mediterránea o Laponia española -nombres que han calado más que el original, que es Serranía Celtibérica- le ha salido una hermana. De este modo, el sur de Europa ya no tiene un gran desierto demográfico, sino dos. Y este segundo coge de lleno a Extremadura.

Esta nueva gran mancha despoblada, la segunda más grande del sur continental, ha sido bautizada como Franja de Portugal. La integran territorios de Extremadura, Castilla y León y Galicia, y se extiende por casi 33.500 kilómetros cuadrados, o sea, es más grande que Bélgica. La aportación extremeña son 9.291 kilómetros cuadrados, lo que equivale al 22 por ciento del mapa de la región. Casi toda la superficie está en la provincia de Cáceres, que proporciona ochenta términos municipales frente a los tres de Badajoz.

Todos estos datos los conoce bien Pilar Burillo Cuadrado, licenciada en Historia, máster en SIGs (Sistemas de Información Geográfica) y Teledetección, responsable de los análisis demográficos del Instituto de Desarrollo Rural Serranía Celtibérica e integrante del Observatorio aragonés de dinamización demográfica y poblacional. Además, es la autora del mapa de las áreas de baja densidad de población de la Europa Meridional. «Analizando la situación de España municipio a municipio en busca de áreas escasamente pobladas detectamos que aparte de Serranía Celtibérica, había otra grande, que coincidía en gran modo con la frontera con Portugal», explica la investigadora, que el mes pasado intervino en el monográfico que el Parlamento Europeo organizó en Zamora.

Dos habitantes de Hinojal, cuy padrón tiene 407 nombres.

En la parte extremeña de la Franja de Portugal viven una media de 8,7 personas por kilómetro cuadrado, aunque este dato no debería tener mayor importancia, defiende Burillo. En su opinión, la cifra clave es la densidad del área en su conjunto, sin tener en cuenta la división por comunidades autónomas. Y en la Franja de Portugal hay 7,6 personas por kilómetro cuadrado (las áreas por debajo de diez reciben en Geografía Humana la denominación de desierto demográfico). A estos efectos no es un detalle menor estar por debajo o por encima de ocho, pues este número marca el umbral que separa un tipo de unidad territorial (las NUTS-2) de otro (las NUTS-3), una diferencia que la Unión Europea tiene en cuenta a la hora de repartir su dinero.

«Si queremos ver la situación real -opina Burillo-, las mediciones deben hacerse por agrupaciones de municipios, no por provincias ni por regiones, porque al hacerlo según la división administrativa establecida, metemos en el mismo saco a los pueblos y a las ciudades, obteniendo así una visión equivocada, desvirtuada por completo».

Bajo esta premisa, poco importa que en la parte extremeña de la Franja de Portugal haya pueblos que no llegan a tres vecinos por kilómetro cuadrado junto a otros que rozan los sesenta. «En esto -apostilla la especialista-, no tiene mucho sentido hacer un queso 'gruyère', lleno de agujeros, sino que lo significativo es delimitar áreas de cierto tamaño». Otro argumento que apoya la medición por grupos de municipios en vez de por pueblos es que la densidad de población depende en gran medida de la extensión del término municipal, de modo que dos localidades con similar número de empadronados pueden tener densidades muy distintas. Por ejemplo, Alía (865 vecinos) tiene 1,4 habitantes por kilómetro cuadrado, y San Martín de Trevejo (805 residentes) rebasa los 32. La explicación está en que el término municipal del primero supera los seiscientos kilómetros cuadrados, y el del segundo no llega a 24. Al juntar un número alto de localidades, se minimiza este efecto que puede resultar distorsionador.

En la enorme mancha despoblada hay 80 pueblos cacereños y tres pacenses que en su conjunto no llegan a nueve personas por kilómetro cuadrado

Para poder hacerlo, en el Instituto de Desarrollo Rural Serranía Celtibérica han empleado las bases de datos del Instituto Geográfico Nacional y del INE (Instituto Nacional de Estadística). Así es como han identificado en España diez áreas escasamente pobladas, es decir, con menos de 12,5 residentes por kilómetro cuadrado, una de ellas la Franja de Portugal, que agrupa a 586 municipios en los que viven 253.690 personas.

«Al advertir que en España había otra gran área con menos de ocho habitantes por kilómetro cuadrado, y dada su ubicación, decidimos ampliar el estudio a la zona fronteriza de Portugal, y nos encontramos con que en el país vecino, la densidad sube y el problema de despoblación no es tan dramático». Es decir, dos territorios pegados pero con realidades parecidas pero no iguales. «Esto deja claro -mantiene Burillo- que la despoblación no se explica por cuestiones climáticas o geográficas, sino por las humanas, por asuntos como el modo de gastar el dinero o las decisiones estratégicas que toman las administraciones».

Y con un añadido: seguramente, la realidad sobre el terreno es peor que la que dibujan las cifras oficiales. «Porque es habitual en toda España que en los pueblos esté empadronada más gente de la que realmente vive en ellos», asegura la investigadora, que pone números a esta probable disparidad entre lo que dicen los documentos con membrete oficial y lo que ocurre a pie de calle. «Tenemos constatado -detalla- que en invierno, en muchas poblaciones reside un tercio de los vecinos que figuran en el padrón, porque hay muchas personas que no viven en su pueblo o no lo visitan más que unos días en verano pero siguen empadronadas en él por razonas sentimentales».

Según este planteamiento, en Serranía Celtibérica (que incluye localidades sobre todo de Zaragoza, Teruel, Cuenca, Guadalajara y Soria, pero también de Burgos, La Rioja, Segovia, Valencia y Castellón) hay zonas en las que en realidad viven menos de dos personas por kilómetro cuadrado, como ocurre en la Laponia real. De aquí el sobrenombre que ha triunfado y que le compara con esa región del norte europeo donde la próxima semana tendrán temperaturas bajo cero.

En la segunda Laponia española, la que incluye a Extremadura, hay más horas de sol y menos frío. También vive más gente, pero está llena de pueblos donde el censo lleva décadas menguando. ¿Y cómo se puede frenar esta regresión que sangra el mundo rural? «Generar trabajo es la única forma de repoblar», zanja Pilar Burillo, que termina su frase utilizando una palabra que ya empieza a sustituir a despoblación en los informes y debates sobre la cuestión demográfica.

«La despoblación está aquí desde hace mucho, y nos está matando. Dejemos de ver lo mal que estamos, que ya lo sabemos, y pongamos sobre la mesa medidas concretas para repoblar nuestros municipios». El planteamiento lo firma Francisco Prieto, gerente de la Asociación para el Desarrollo Zamora 10, colectivo que se llama así porque defiende que la situación es tan acuciante que sobran medidas genéricas y faltan proyectos concretos. Ellos tienen una decena para su provincia, el primero de ellos la creación de la Escuela Nacional de Industrias Lácteas de Zamora, en la que se impartiría formación específica sobre esta materia. Al final de sus estudios, los alumnos obtendrían un título homologado.

En esencia, Francisco Prieto cree en el mismo remedio que Pilar Burillo. «La solución para el mundo rural -concluye- es crear empleo y dotarse de servicios sociales, por este orden». Y piensa también de forma parecida Paulino Herrero, alcalde de Navaleno (Soria, 789 vecinos) y presidente del grupo de acción local ASOPIVA, que aporta otra clave: «No hay proyectos regionales o provinciales contra la despoblación, solo los hay locales». Además, él cree que «ha llegado el momento de que hablen los técnicos, y de que los políticos tengan la humildad suficiente como para escucharles y hacer lo que ellos les digan».

Un vecino de Santiago del Campo (275 empadronados) cruza la carretera que atraviesa el pueblo.

Para Pilar Burillo, también es necesario replantearse cómo gastar el dinero. Ilustra su propuesta con un ejemplo. «A una región le llegan diez millones de euros en ayudas, y los reparte entre cien pueblos, y cada municipio decide qué hace con ese dinero. Uno arregla las aceras, el otro construye una pista de pádel, un tercero luce su ermita, un cuarto hace esto mismo para que la suya quede más bonita que la del pueblo de al lado... Y así no llegamos a ningún sitio a medio o largo plazo».

Este es uno de los motivos por los que ella es partidaria de unirse. «Cada localidad por su cuenta no va a conseguir nada, porque de hecho hay ya pueblos tan pequeños que ni siquiera tienen voz», defiende. Solo unidos, proclama, se conseguirá mejorar la vida de gente como María Ángeles Rosado, que vive en Sayatón (Guadalajara, 83 habitantes) y que cada día se hace 120 kilómetros para llevar a sus niños al colegio. «El otro día -contó Rosado durante su charla en Zamora-, mi hija cumplió siete años. Sopló la vela de su tarta y pidió un deseo. Y el deseo fue que su pueblo no se quedara vacío».

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