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El Quijote que revive molinos

26/09/2017 Área: Patrimonio Fuente: El Mundo

  • Desde el siglo XVI, los molinos de Campo de Criptana se mantuvieron en funcionamiento hasta la mitad del siglo XX, cuando entraron en desuso. Juan Bautista ha decidido recuperar esa vieja tradición y, desde hace 20 años, se dedica a mantener, reconstruir y poner en funcionamiento estas centenarias estructuras.

Artículo de Gorka Alonso Gil, publicado en El Mundo.

Ataviado con pantalón de lino, blusón blanco y pañuelo de hierbas, Juan Bautista Sánchez camina, llave en mano, hacia El Burleta, un magnífico molino de viento originario del siglo XVI. A sus 37 años, con un aire ligeramente quijotesco fruto de su cuerpo espigado y una cuidada barba, el último molinero de Castilla-La Mancha es el fiel guardián de aquellos gigantes a los que se enfrentó el personaje estrella de Miguel de Cervantes. Consuegra, Alcázar de San Juan y Campo de Criptana son sus dominios, pero es esta última localidad en la que tiene instalado su campamento base, uno de los pocos talleres de reparación de molinos de viento que existen en nuestro país.

Autodidacta, jovial y apasionado de su profesión. Tres adjetivos que describen a la perfección su filosofía de vida. Un camino que inició con 16 años, cuando decidió abandonar los libros y probar suerte en el mundo de la carpintería en la escuela taller municipal, donde había surgido un módulo pionero sobre carpintería aplicada a la restauración de molinos. Por aquel entonces, la molienda hacía décadas que no se practicaba y Campo de Criptana era más conocido por ser el pueblo natal de la actriz Sara Montiel. En su punto más alto se erigían tres molinos originales del siglo XVI, que conservaban una maltrecha maquinaria centenaria, y otros siete levantados en los años 70 como reclamo turístico, pero huecos en su interior, en un intento de recrear aquella loma que allá por 1500 llegó a tener dispersos una treintena de gigantes, tal y como recogen la toponimia de Felipe II y, ya en el siglo XVIII, el catastro del Marqués de la Ensenada.

Algo que comenzó como una afición, azuzada por el encargado de la escuela taller, se convirtió poco a poco en su modo de vida hasta que, 70 años después de la última molienda, Juan Bautista volvió a enfundarse los ropajes tradicionales para poner en marcha Sardinero, otro de esos molinos centenarios. "No quedaba ya nadie en toda la zona que supiera cómo funcionaba el mecanismo del molino, salvo un antiguo molinero con alzheimer que no fue capaz de recordar. No tuve más remedio que remangarme y ser autodidacta, intentando entender cada pieza, leyendo documentos y a base de prueba y error", recuerda mientras sube las estrechas escaleras de caracol que conducen a la parte alta del molino, donde se encuentra su sistema circulatorio.

Durante años fue recorriendo las arboledas cercanas a Campo de Criptana en busca del codiciado álamo negro, "un material muy flexible y, a la vez, muy resistente, utilizado desde hace siglos para las aspas del molino", explica Bautista. "A veces cambiaba los troncos por dinero, otras veces por leña, hacíamos trueques... Todo lo ponía yo, porque era lo que realmente me apasionaba. Luego, en el taller, iba preparando las aspas que faltaban en este o en aquel molino, cortando las telas, tallando las piezas necesarias para que el mecanismo estuviese completo...", narra el joven molinero.

El primer fin de semana de cada mes, y otro extra en abril y octubre, los viejos molinos de Campo de Criptana vuelven a balancear sus aspas a merced del viento. Los sacos de grano vuelven a amontonarse en las escaleras de El Burleta, Infanto y Sardinero, los tres únicos que hacen rugir sus entrañas para producir harina al estilo tradicional, tal y como venían haciéndolo desde que don Quijote los viera allá por 1605. La tolva, el palo de gobierno, el borriquillo, la rueda catalina, la guitarra y la canaleta deben estar listos para que el engranaje funcione sin problemas y deleitar así a decenas de visitantes de todo el mundo que asisten boquiabiertos a las explicaciones del último molinero manchego. "Es importante mantenerlos durante todo el año, embadurnándolos con aceite de linaza, para que la madera no se agriete y, sobre todo, no le ataque el insecto xilófago, su mayor enemigo", explica Bautista.

Sus ojos se iluminan con cada palabra y con cada explicación mientras abre, poco a poco, los 12 ventanucos que circundan de forma asimétrica el molino y sirven de guía para conocer la orientación del viento. "Aquí en Castilla tenemos 12 vientos distintos: dos mediodías, ábrego hondo, ábrego fijo, ábrego alto, toledano, cierzo, moriscote, matacabras, solano alto, solano fijo y solano hondo. Cada una de las ventanas apunta a uno de esos vientos y así es fácil conocer qué viento sopla y qué orientación hay que dar a las aspas. No todos los vientos tienen la misma fuerza ni la misma continuidad, y hay veces que tengo que subir y bajar corriendo para hacer girar la estructura, que pesa entre 6 y 7 toneladas, para poder seguir moliendo y que la harina tenga la misma densidad", apunta con pasión.

Una pasión que, en 2005, como a don Quijote, a punto estuvo de costarle la vida. Mientras ponía en marcha a uno de sus protegidos, un golpe de viento hizo girar las aspas a gran velocidad y movió la estructura entera mientras Juan Bautista se encontraba trabajando sobre el eje que va desde las aspas hasta el mecanismo central. "Recuerdo todo perfectamente, no perdí la consciencia en ningún momento. Lo que más temía era quedarme parapléjico, pero cuando noté que podía mover pies y manos me tranquilicé un poco", rememora fijando la vista en esa estructura traicionera.

Varias costillas rotas, pulmones perforados, tres vértebras escachadas y magulladuras por todo el cuerpo, de las que aún quedan algunas secuelas visibles, fueron las consecuencias de su peculiar enfrentamiento. Tras varios meses de recuperación, volvió a enfundarse el blusón y el pañuelo de hierbas para seguir cuidando y manteniendo esa antigua tradición. "Siempre he sido muy echado para adelante y me dije que ese accidente no iba a acabar con lo que realmente me gusta, porque los molinos son mi vida", sentencia mientras inicia el descenso de la escalera de caracol para echar al cierre del centenario El Burleta.

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