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Payesas y orgullosas: cuatro historias de mujeres que optaron por vivir en el medio rural

19/06/2017 Área: Mujeres Fuente: Diari de Tarragona

  • Una informática, una química, una filósofa y una payesa de toda la vida hablan de cómo terminaron optando por un trabajo sin salario fijo y con la oficina al aire libre.

Reportaje de Norian Muñoz, publicado en Diari de Tarragona

Como cada vez hay menos payeses y encima las mujeres son minoría (en torno al 20% de titulares de explotación en Catalunya), todavía hay quien se extraña al verlas. Maria Rovira, del sindicato Unió de Pagesos, interiorista de formación y payesa por vocación, está convencida de que cada vez nos extrañará menos porque habrá más y serán más visibles «porque hasta ahora había muchas detrás (de sus maridos) tirando del carro», explica.

Para ella, si algo están aportando las mujeres a la agricultura son nuevos enfoques. Cada vez hay más jóvenes que se han preparado expresamente para ser agricultoras y también abundan las que tienen estudios en otros campos (en el mundo rural, como en el urbano, las mujeres superan a los hombres en formación superior) y que aportan ese «haber visto mundo».

En parte esa formación ha hecho que muchas protagonicen pequeñas revoluciones: vendiendo directamente sus productos, buscando nuevas vías de negocio... Rovira, por ejemplo, se dedica a la agricultura ecológica. «Las mujeres en eso somos muy capaces, siempre estamos buscando salidas».

Pero como mujeres trabajadoras que son, cuenta, le afectan más, si cabe, los problemas para conciliar y el reparto poco equitativo del trabajo en casa. Un estudio del Departament de Agricultura, Ramaderia i Pesca calcula que las mujeres en el mundo rural dedican 5,31 horas al trabajo doméstico frente a las 1,48 de los hombres. Además está el agravante de que apenas hay recursos al alcance, «si hay guarderías  hacen horario de oficina» y faltan residencias de mayores. «Pasamos de pediatras a geriatras», dice. Mientras, por el camino, también les toca hacer de taxistas de sus hijos para ir a la escuela, al instituto... Con todo, apunta,  quien está en esto generalmente lo hace por vocación.

  • 1. Goretti Vicente, 45 años

«Mis hijos están tomando un camino distinto»

Lo de cambiar la ciudad por el campo no es cosa reciente. Ya lo hicieron los padres de Goretti cuando ella tenía 13 años y decidieron hacer un cambio de vida cuando se mudaron de Reus a La Bisbal de Falset. Desde entonces no se ha despegado del campo. Hoy entre ella y su marido llevan una explotación en la que se dedican especialmente a la aceituna, aunque complementan con almendros y frutales.

El cronograma de trabajo del año cansa de sólo de escucharlo. Justamente la primavera es una temporada de no parar. Ahora mismo acaba de ‘aclarar' los melocotoneros. Con todo, asegura, «el trabajo es más alegre que el de cualquier oficina. Te cansas, porque es un trabajo muy físico, pero mentalmente relaja. Cuando me voy a trabajar digo que me voy al psicólogo» (risas).

Su trabajo le ha enseñado a sobrellevar las adversidades. «Sabes que si graniza o las bajas temperaturas te matan la aceituna, no tendrás nada, pero no puedes pensar todo el tiempo en ello».

Tiene dos hijos de 18 y 16 años. La mayor presentaba justamente esta semana la selectividad. Irá á a la universidad, «de momento dicen que no quieren continuar en esto, tienen que hacer su vida. Creo que van a seguir un camino distinto».

  • 2. Bet Carbonell, 46 años

«A las mujeres la globalización nos llegó antes»

Bet, de Barcelona, estudió filosofía pero nunca llegó a ejercer. Eso sí, la carrera, asegura, le ha servido para la vida, «para aprender a pensar antes de actuar».

Se casó hace 20 años y cuando hizo falta ayuda en la plantación de su marido ella se ofreció. «Mi familia me dijo que me lo pensara muy bien, pero ya ves, no tenemos problemas para ganarnos la vida. No tengo todas las vacaciones que querría, eso no es todo en la vida (sonríe).

Además de ser «el comodín» de la empresa (hace desde cualquier trabajo en el campo hasta el papeleo, «que es cada vez más»), también tiene su propia empresa en la que elabora mermeladas con los excedentes de la producción.

Cree que poco a poco va creciendo el número de mujeres payesas y destaca sobre todo de ellas sus ganas de innovar, su mente abierta, «a las mujeres la globalización nos llegó antes», sentencia. Eso sí, ratifica, si conciliar cuesta en la ciudad, en las zonas rurales todavía más.

Se dedican especialmente a la cereza, que justo ahora está en plena cosecha. «No es como cuando estás en una oficina, que sabes cuándo vas a salir. Aquí la supervivencia te la juegas en dos o tres veces al año y no te importa cuántas horas metas... Además, cuando haces algo que te gusta no viene de una hora».

No cree en subvenciones para el campo, pero considera que debería haber unos precios mínimos para asegurar la supervivencia del sector.

Tienen dos hijas de 11 y 15 años y cuenta que «lo hemos hablado mucho y no queremos presionarlas. Ellas tienen que decidir su futuro y hacer lo que quieran. Saben que aquí la puerta siempre estará abierta».

  • 3. Alicia Figueras, 49 años

«Me han llamado valiente, pero este trabajo lo he elegido yo»

Cuenta Alicia que este es su «trabajo elegido». Lo dice porque estudió informática, trabajó como administrativa en un registro de la propiedad... Y ahora su vida transcurre entre viñedos, olivos y almendros.

Desde pequeña ya había «vivido la tierra», pero no fue sino hasta 2014 cuando su padre preguntó si alguno de los hijos quería ocuparse de la explotación, y ella sorprendió con un «lo probaré».

Reconoce que aunque no lleva muchos años en esto no ha comenzado desde cero, porque desde un primer momento ha tenido a sus padres transmitiéndole su experiencia. Le han cedido 14 hectáreas y las herramientas.

Justamente una de las cosas que le ha dejado clara su padre es que «en el campo siempre hay trabajo». De hecho, en verano, cuando el resto de los mortales está pensando en las vacaciones escolares (sus hijas tienen 12 y 9 años),  es una de las épocas de más trabajo. 

Así pues, descartadas las vacaciones largas, hacen más bien escapadas en fines de semana o en puentes a la montaña, una de las aficiones que comparte con su marido, carpintero, que también trabaja temporalmente en el campo cuando hace falta.

Y aunque todo el trabajo está muy planificado, «siempre hay que estar mirando al cielo» para saber reaccionar porque el clima puede acabar cambiándolo todo.

Hay amigos que han llegado a llamarla «valiente» por este cambio radical de vida, pero ella sostiene que con la mecanización la parte física del trabajo es menos pesada. Lo que se le da un poco peor es la mecánica, «aunque hay hombres a los que les pasa igual», advierte.

A los compañeros de la cooperativa aún «les sorprende» ver a mujeres al frente. Se ha encontrado en reuniones en que eran 5 ó 6 frente a un centenar de hombres. 

Aunque no quiere venderle a nadie las ventajas del campo: «No es tan bonito ni tan malo», dice. Para ella no verse encerrada en una oficina ha sido un gran liberación. Además, es su propia jefa, con la carga de responsabilidad y de libertad que ello conlleva. Y además está el lujo de pasar muchas horas contigo misma, en un trabajo «en el que respiras, desconectas, y tienes tiempo para  pensar».

  • 4. Ester Gomis, 39 años

«Me ilusiona pensar que trabajo la tierra de mis antepasados»

Ester Gomis estudió química, pero cuenta que siempre quiso ser payesa. Después de estar fuera decidió hacer el relevo a su padre en la explotación familiar en Vilallonga del Camp. Como son dos mujeres, ella y su hermana, él estaba convencido de que el negocio se acabaría con él. «Al principio era incrédulo», reconoce, pero no sólo le ha dado un voto de confianza, sino que siempre la apoya en lo que haga falta.

Ester, muy activa en redes sociales, va a ferias, participa en jornadas de puertas abiertas... Es una activista ferviente de que hay que «dar visibilidad  y fomentar el orgullo de ser payés, un trabajo que, en definitiva, nos da de comer a todos y que implica un montón de conocimientos; los payese saben de química, del clima, de biología... Igual te describen una planta que cualquier ave», dice.

Preocupada por los precios en el sector de la avellana, que es donde trabaja, también ha decidido comenzar a comercializar directamente parte de su producción con su marca, Ca Rosset. Explica que el problema es que en los últimos años, con las subvenciones, los consumidores se han acostumbrado a pagar unos precios tan bajos que no dan para ganarse la vida.

Reconoce que todavía hay quien se sorprende de ver que sea payesa y mujer. Algunos se asombran de verla sobre el tractor, «pero no son más que cuatro ruedas y un volante».

Aunque mucha parte del trabajo está mecanizado, cree que hace falta estar en buena forma para cargar pesos de 20 y 30 kilos. Le preguntamos qué pasa cuando se enferma y responde que ella, como el resto de autónomos, no se pone mala prácticamente nunca.

Tiene dos hijas de 10 y 7 años y está tratando de que el amor por la tierra llegue también a ellas. «Me hace ilusión pensar que estoy siguiendo la tradición de mis antepasados», remata.

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