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Los pueblos más pequeños de Málaga, ante el riesgo de convertirse en aldeas al perder vecinos

17/03/2017 Área: Exclusión social Fuente: Diario Sur de Málaga / ARA

Montecorto (640 habitantes) y Serrato (503) se convirtieron a principios de 2015 en los municipios 102 y 103 de la provincia. Sin embargo, esto no evita que, paradójicamente, estén también en la nómina de pueblos de menos de mil habitantes que sufren una progresiva disminución y envejecimiento de su población, como les ocurre a otras 26 localidades del Valle del Genal, la Axarquía, además de Carratraca, en el Guadalhorce.

Los vecinos de estos 28 pueblos tienen que convivir a diario con las carencias de servicios públicos básicos, como centros de salud, colegios, institutos, farmacias o sucursales bancarias. El despoblamiento comienza a ser un problema grave que azota especialmente al interior de España, con provincias como Soria, Salamanca o León, donde más de 90% de los pueblos tienen menos de mil vecinos. La Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) ha pedido al Gobierno que tome medidas urgentes y el Ejecutivo central ha nombrado una nueva 'comisionada para el reto demográfico'.

Sin llegar a los niveles alarmantes de otras provincias españolas, en Málaga también hay zonas que corren el peligro de quedarse desiertas, a pesar de la pujanza turística del destino malagueño. Los que han elegido seguir viviendo en estos 28 pueblos destacan la calidad de vida y la tranquilidad que se respira allí, pero echan en falta más ayudas públicas y oportunidades laborales, que escasean al margen del campo. «Queremos poner en marcha un 'cheque-bebé' propio, al margen del que ofrece la Diputación y rehabilitar viviendas para alquilárselas a familias a bajo precio», asegura el alcalde de Salares, Pablo Crespillo (PSOE). Con apenas 181 vecinos empadronados, es la segunda localidad más pequeña de la provincia, sólo superada por Atajate, en el Valle del Genal, con 171. Por su parte, Árchez, con 428 residentes, también quiere revertir la situación. Su alcaldesa, Mari Carmen Moreno (PP), pretende desarrollar también un plan de rehabilitación de casas.

En el caso de la Serranía de Ronda, la despoblación preocupa a los responsables municipales desde hace años. Se han puesto en marcha medidas como 'cheques-bebés' para fomentar la natalidad, en Cuevas del Becerro y Cartajima, entre otros; y, en este último caso, se hizo un llamamiento por parte del Ayuntamiento a familias con hijos en edad escolar ante la amenaza del cierre del colegio. Se ofreció trabajo y alquiler a bajo coste, una iniciativa que recibió más de 3.000 solicitudes de toda España. A día de hoy, el centro cuenta con ocho alumnos y, de momento, tiene garantizada su continuidad.

«Es el principio de lo que estábamos buscando... esperamos cerrar en breve la llegada de dos nuevas familias», dijo el alcalde de Cartajima, Francisco Benítez. En la Serranía, la escasa población ha propiciado que algunos pueblos, como Atajate, se queden sin farmacia (un boticario pasa varios días a la semana) y sin banco, como Alpandeire, donde se ha habilitado un autobús para que los mayores puedan desplazarse a Ronda para hacer las gestiones bancarias. Con todo, sólo Atajate, Faraján y Pujerra han logrado evitar en el último año que sus indicadores de evolución poblacional se escriban en rojo.

Alpandeire. «La crianza que están teniendo nuestros niños no sería posible en una ciudad»

A Judith Mena y a su marido, Ildefonso Cózar, les gusta la vida de pueblo, por lo que han decidido establecerse en Alpandeire, al ser Judith natural de esta localidad del Valle del Genal, cuyo vecino más popular es Fray Leopoldo de Alpandeire. Tiene 33 años y dos hijos, uno de 20 meses y otro de tres años. Reconoce que en la decisión de tener al segundo pesó la despoblación que acecha a Alpandeire, para que el primero no estuviese solo. Afortunadamente, hoy en día hay varios niños y niñas de edades similares en la localidad.

«Hemos apostado por vivir en un pueblo por la calidad de vida... la crianza que están teniendo nuestros hijos no la podrían tener en una ciudad, nosotros comemos productos de la huerta de mis padres o de amigos», explicó. Hizo especial hincapié en que para ella hubiera sido más fácil trasladarse a Sevilla, donde su pareja tiene trabajo fijo. «A los dos nos gusta el pueblo, además organizamos eventos deportivos», indicó. Gestionan el Club PurAventura Genal que, entre otros, está detrás de la famosa Gran Vuelta al Valle del Genal, en octubre.

«Las desventajas son muchas... no sabemos cuál va a ser el futuro de Alpandeire y de pueblos como él... creo que todavía puede haber un retorno de algún tipo a estos pueblos», destacó, mientras puso el acento en el potencial que encierra, aún por explotar, el vasto patrimonio natural de la Serranía.

«Atajate no tiene vida ninguna... seremos unos 80 vecinos»

Lina Sánchez es vecina de Atajate, el pueblo con menos población de la provincia de Málaga. Está al frente de la única panadería, también tienda de alimentación, que existe en la pequeña localidad situada junto a la carretera de Ronda a Algeciras. Está preocupada por la despoblación, como el resto de los atajateños, ya que en los últimos tiempos «se ha ido mucha gente». «Atajate no tiene vida ninguna... seremos unos 80 vecinos», comentó, al tiempo que explicó que en su calle, la principal de la localidad, solo están habitadas 11 viviendas. «En la plaza viven cuatro personas... en general, todos son mayores, los jóvenes se han ido, aquí no tiene futuro», lamentó, en su negocio que elabora queso de almendras, un dulce típico de Atajate.

«La panadería no se va a cerrar, mi hijo trabaja conmigo, pero cuando yo me jubile, no sé si me iré», relató. Y es que esta vecina posee otra vivienda en la zona de Arriate. «Muchos vecinos se preguntan qué va a pasar cuando fallezcan nuestros mayores», apostilló.

Como ventajas, esta empresaria destacó la tranquilidad: «Aquí no hay tráfico, ni robos...», afirmó. Dijo que un médico visita la localidad tres veces en semana, como un boticario.

Árchez: «Los extranjeros son los que han dado algo de vida al pueblo»

Fue jornalero en Francia y Suiza, y trabajó en una fábrica de muebles en la capital, pero Manuel Zorrilla, de 80 años, nunca se ha ido de Árchez, «porque aquí se vive mejor que en ninguna otra parte del mundo», dice orgulloso este archero de pura cepa, nacido en la calle Trinidad, número 20. «Me acuerdo cuando iba andando hasta Jayena (Granada) con 12 kilos de pasas a las espaldas para venderlas y poder vivir», recuerda. Casado con Francisca Moreno, de 79 años, tienen dos hijos, cinco nietos y tres bisnietos, aunque ninguno de ellos vive en el pueblo.

«Por un lado, me da pena que ninguno de mis hijos decidiera quedarse, pero por otro lo entiendo, porque el trabajo está en la capital. Ellos vienen todos los fines de semana, y les encanta el pueblo», asegura este jubilado, que todos los días da largos paseos por el término municipal y se encarga de cuidar las dos fincas que posee, una de subtropicales y otra de viñas. «Este cielo azul que tenemos en Árchez no se ve en ningún otro sitio», expresa Zorilla.

A su juicio, los extranjeros (un 20% de los 428 vecinos) han sido los que han dado «algo de vida» al pueblo en los últimos años. «Muchos han comprado casas en el centro de Árchez y otros en el campo. Nos llevamos muy bien, son gente muy amable. Aquí se vive con mucha tranquilidad», concluye.

Salares.«Tenemos un piso en Málaga, pero con mis hijos aquí, cómo nos vamos a ir»

Obdulia Puertas, de 59 años, admite que Salares es tan grande, en términos de población, como cualquier bloque de tamaño medio de los que hay por miles en las localidades de la costa. Con apenas 181 vecinos, este municipio de la Alta Axarquía, a medio camino entre Árchez y Sedella, lucha por tratar de mantener a su escasa población empadronada, que en la última década se ha reducido en 26 habitantes.

«Ojalá mi hijo y mi hija tengan pronto descendencia, me den nietos, y pueda aumentar así la población», confiesa esta ama de casa, que regresó a Salares en 1977 tras vivir once años en Suiza, donde emigró en busca de una vida mejor. «Me vine porque mi madre enfermó y ya me quedé. Me casé y desde entonces he vivido siempre aquí», cuenta Puertas, quien destaca que en la localidad apenas hay oportunidades de trabajo para los jóvenes. «Mis hijos entran y salen en el Ayuntamiento, pero poco más», dice.

Su marido, Plácido Ramos, de 64 años, es agricultor y está a punto de jubilarse. «A veces he pensado que podríamos irnos a la capital a vivir, donde tenemos un piso, pero estando aquí mis hijos, cómo nos vamos a ir. Además, a mi nuera, que es de Barcelona, le encanta Salares. Dice que es un sitio ideal para vivir, por su belleza y tranquilidad», añade. En este pueblo todos los vecinos se conocen. En el colegio apenas hay nueve niños, de los que cuatro son hijos de una sobrina de Puertas. «A ver si mis hijos se animan y aumenta la población pronto», añade ilusionada esta salareña.

Carratraca. «Queremos que vengan más niños, pero al final habrá que educarlos fuera»

(Por Fernando Torres). Antonia Suárez, de 47 años, es la encargada de gestionar la biblioteca municipal de Carratraca. Es una amante de su tierra, y ha participado en varios proyectos para recuperar su historia. Además es la presidenta de la asociación de padres y madres de alumnos de la escuela. «En la clase de mi hija son tres niños», explica. Eso tiene «sus ventajas e inconvenientes». «Son casi clases particulares, y a la hora de tomar cualquier decisión, es muy fácil». Sin embargo, la educación es su principal preocupación, ya que, «lo más seguro es que tengamos que educar a los niños en los pueblos de alrededor».

«Hemos notado que cada vez hay menos niños», comenta con preocupación. Actualmente, para hacer la educación secundaria obligatoria ya es necesario que se vayan a otros municipios, pero Antonia plantea la posibilidad de que quizá no haya suficientes alumnos para la escuela primaria: «Este año solo se ha incorporado una alumna».

Para Antonia, la vida en Carratraca es «tranquila y sin prisas».Y tiene con qué comparar. «He trabajado en Málaga y en Torremolinos». Asegura que en su pueblo echan de menos la capital «pero tan solo por un día, el resto del tiempo estamos bien». Ir a la playa, al cine o al teatro requiere de un vehículo, pero hay otras tareas más sencillas, como«comprar un botón», para las que también tienen que ir a Álora o a Ardales.

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